No hay mejor atardecer que el que sabe a naranja. Foto: Cointreau
BRAND VOICE – COINTREAU
Noches que saben a naranja y a Mediterráneo
Ferran Salas – 31/07/26
Hay algo profundamente mediterráneo en no saber marcharse. Quizá por eso, las mejores noches nunca empiezan cuando cae el sol, sino cuando alguien decide quedarse.
Nos educaron para creer que las grandes historias ocurrían lejos de casa. En Nueva York, las vibrantes anécdotas cargadas de acción; en París, las sutiles escenas repletas de romanticismo o; en Kyoto, los bucólicos paseos de introspección milenaria. Sin embargo, basta cualquier tarde de septiembre al amparo del Mediterráneo para desmontar esa teoría. Sólo hace falta una mesa todavía caliente por el sol, cuatro sillas desordenadas, una conversación que ya no recuerda cómo empezó y esa luz improbable que convierte el final del día en una especie de tregua con el mundo. Y es que el Mediterráneo no entiende de prisas. Nunca las entendió.
Aquí las sobremesas no son un accidente, más bien una forma de resistencia. Mientras media Europa mira el reloj, y lleva meses instalada en la rutina, nosotros seguimos pidiendo otra ronda. Y no porque tengamos sed, que también, sino porque nadie quiere ser el primero en pronunciar la temida frase contra el hechizo: “Bueno, ¿nos vamos? Que mañana hay que trabajar»
Hay un instante muy concreto en el que la ciudad cambia de piel. Y ese es septiembre. El mes en el que el calor deja de empujar, el aire empieza a oler a sal y a jazmín, y las terrazas semi vacías en agosto se llenan del rumor que mezcla cubiertos, hielo y carcajadas. Las fachadas gracias a esa luz tan bucólica que impregna el noveno mes del año adquieren el color de la miel vieja que recuerda el final del verano y las naranjas, incluso cuando no están presentes, parecen perfumar el ambiente con un recuerdo que pertenece a esta tierra desde mucho antes que nosotros. Porque el Mediterráneo sabe a cítrico, a piel recién cortada. A un equilibrio casi imposible entre el dulzor infantil y el amargo adulto que hace que quieras volver una y otra vez (o no irte nunca).
Por eso, no es casual que algunos sabores hayan terminado convirtiéndose en el idioma universal del Mediterráneo. De nuestro mediterráneo, de ese que habita no solo en nuestros corazones, sino también en el recuerdo. Ese que perdura eternamente, ese que siempre es mejor de lo que podría ser.
La Margarita no es lo mismo sin Cointreau Foto: Cointreau
Desde hace más de 175 años, Cointreau ha sabido encapsular precisamente esa sensación. Su receta permanece intacta desde el siglo XIX, porque hay cosas que no necesitan reinventarse cuando nacen cerca de la perfección. La selección y destilación de pieles de naranja, frescas y secas, dulces y amargas, junto con agua, alcohol y azúcar, da lugar a un licor completamente transparente, natural, sin aditivos y con un equilibrio aromático que parece desafiar al tiempo. Como sucede con las buenas conversaciones: aquellas que empiezan hablando del calor, y terminan confesando lo que nunca habíamos verbalizado.
Y es que hay bebidas que acompañan una velada, y otras que consiguen definirla. Quizá por eso Cointreau posee una cualidad poco frecuente: nunca impone el momento, simplemente se adapta a él. Puede aparecer al final de una comida, servido solo o con hielo, cuando el cuerpo ya no pide más que alargar unos minutos la sobremesa, pero también puede convertirse (si le añadimos Prosecco y zumo de pomelo) en un Spritz ligero y efervescente, que inaugure el tardeo, mientras el cielo todavía conserva algo de azul. O evidentemente, tal vez se transforme en el corazón invisible de algunos de los grandes clásicos de la coctelería mundial.
“El elemento más elegante del cóctel es aquel que sostiene el conjunto sin necesidad de levantar la voz»
El Margarita, probablemente el gran símbolo líquido del verano, no sería el mismo sin Cointreau. Aunque ha traspasado fronteras físcas y temporales y hoy día lo tomamos en cualquier momento y ocasión. La receta original de 1948 no lo entiende como un ingrediente más, sino como el elemento que consigue que tequila y lima encuentren el punto exacto de confluencia. Ese donde la frescura y el carácter dejan de competir para empezar a dialogar. Y quizá esa sea la mejor definición de la elegancia: aquello que sostiene el conjunto sin necesidad de levantar la voz. Siendo brutalmente honestos, sin Cointreau no existe el Margarita.
Tampoco es casualidad que Cointreau forme parte de más de 500 cócteles en todo el mundo. Además del Margarita, el Cosmopolitan (mundialmente famoso por ser el cóctel que Carrie Bradsaw y sus amigas ingerian en Sex and the City) es otro de los grandes iconos de la coctelería que utiliza el Cointreau como base. O el White Lady, el Sidecar y tantos otros que encuentran en el famoso Triple Seco, creado en la ciudad de Angers por Edouard Cointreau, una complejidad sin protagonismo, pero con armonía. Ese tipo de sofisticación que solo se descubre cuando desaparece. Como la luz del Mediterráneo, que se hace mucho más necesaria cuando desaparece. Cuando no la tenemos, la valoramos.
Lo que daríamos ahora mismo por un Cointreau Spritz. Foto: Cointreau
Seguramente, por esa necesidad de mantener viva la luz de los recuerdos, cada septiembre repetimos los mismos rituales. Volvemos a las mismas terrazas, saludamos a los mismos camareros, prometemos que esta vez nos iremos pronto y acabamos viendo cómo la madrugada sustituye al atardecer, sin que nadie haya dado la orden de levantarse. Tal vez crecer consista precisamente en eso: en comprender que el lujo nunca ha estado en los lugares inaccesibles, sino en disponer de tiempo para compartir una mesa, en brindar sin tener un motivo concreto. En descubrir que la mejor reserva del inicio de curso no es un Tres Estrellas, ni la ultima apertura del local de moda sino esa terraza en la que nadie mira el móvil, porque la conversación ha conseguido algo extraordinario: hacer olvidar que existe un mañana en el que la rutina diaria y el trabajo se apoderarán de nosotros. Por eso Cointreau es y siempre será nuestro mejor aliado, para el inicio de curso, porque con esa calmada presencia y esa familiaridad nos demuestra que para afrontar el nuevo curso necesitamos mantenernos acompañados de las personas de siempre y de tragos llenos de sensibilidad con los que brindar por los reencuentros.
El Mediterráneo lleva siglos enseñándonos que la felicidad rara vez hace ruido; suele llegar despacio. Con la luz cayendo sobre las copas, con el aroma de la naranja suspendido en el aire y con la certeza de que algunas noches, precisamente las mejores, nunca terminan cuando se vacía el último Margarita o Cosmopolitan y el bartender amablemente nos indica que es la hora del cierre. Al contrario, permanecen convertidas en recuerdo como el primer trago de Cointreau al que uno siempre quiere volver o como el último que sirve para rememorar lo que fue y brindar por lo que vendrá.
*Cointreau recomienda un consumo responsable / 40% Vol.