La mesa puede llegar a ser un auténtico nido. Foto: Andrea Savall

Cuatro tipos de sobremesas para sobrevivir a estas Navidades

 Andrea Savall – 18/12/25

En su última colección artística, Un día a la vez, la pintora peruana Pamela Díaz Escalante convirtió libros en cuadros. Aprovechando las fiestas navideñas, en Habanero los hemos convertido en sobremesas

Las comidas de Navidad pueden hacer explotar un mundo entero. Taquicardias en muchos cuerpos, anuncian que se acercan estas fechas. Una buena sobremesa es un milagro grandioso y maravilloso, justamente por eso: porque puede convertirse también en una pesadilla. Parientes que no se soportan y vuelven a encontrarse, corazones que se ablandan y dan tregua a su rabia o sillas ausentes que nadie podrá volver a ocupar jamás. Diciembre nos aflora la piel y nos sensibiliza las llagas. Los que quieren huir no pueden —quizás tú lo hayas conseguido—; la Navidad es algo que se pega a los intestinos como las babosas.

Desde que era niña he encontrado en los libros un antídoto para poder estar en sitios en los que no quiero estar, de una forma más cómoda y segura. Han sido refugio y, la mayoría de las veces, me han servido para volver a sentirme yo misma. La artista Pamela Díaz Escalante mostró su última colección de obras en Filipinas 5 el mes pasado. Cada pieza estaba inspirada en un libro. Fueron su guarida mientras atravesaba un duelo. Seleccioné cuatro de sus cuadros para describir, tal vez prevenir, diferentes arquetipos inspirados en estas fechas venideras.

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Hacer el amor, un buen libro para quienes decidan quedarse en la cama. Foto: Andrea Savall | Obra: Pamela Díaz

Empezaré por los disruptivos, ya que —para quien no lo sepa— este próximo año lo protagonizarán los rebeldes Acuario. No es de extrañar que mucha gente decida romper patrones o, quizás, hacer lo que realmente le apetezca. 2026 invitará a esto todo el tiempo. Hacer el amor, de Jean-Philippe Toussaint, «sería un buen libro para quienes decidan quedarse en la cama», me dijo Pamela. Hacer el amor como acto de rebelión, como motor de cambio. No importa si es con alguien de quien te acabas de enamorar o si el fulgor renace de antiguas chispas. ¿Y si tus vacaciones transcurrieran alrededor de una cama en la que comer todo el día? Hacer el amor contigo mismo también valdría, comer pizza o tailandés, atiborrarte de tu cine de ensueño. Sin moverte del edredón, hibernar hasta que se haya ido este año. Empezar de nuevo, después de haber descansado tanto como la protagonista de Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh, que se pasa un año automedicada y somnolienta. Si quieres probarlo, no seré yo quien te juzgue. Un reseteo total: despojarte de cada resquicio que conforma tu condición de humana, convertirte en un adulto que solo requiera cubrir sus necesidades más básicas. Qué sueño más inalcanzable.

Lo que somos ahora es la novela que inspira este cuadro de Pamela. Foto: Andrea Savall | Obra: Pamela Díaz

En la propuesta anterior se valoraba la idea de sumergirse en uno mismo hasta deshacerse del propio ser, para preocuparse solamente del sexo, la comida y el dormir. Ahora iremos al extremo contrario: ocuparnos de los demás. «Sonia Rayos, en su libro Nidos para aves de paso, me hace pensar en la mesa como nido», me revela la artista. Crear de la reunión, un mundo propio que no esté en ningún otro sitio. Un camino para volver a casa, para dejarnos cuidar. Volver a hacer la siesta al lado de mamá, rendirnos ante la necesidad de no poder hacer todo solos. Oler su chaqueta y volver a tener nueve años. Robarle un cigarro a papá y arrancarle una carcajada que libere toda la tensión de la oficina acumulada. Sentarte en la mesa que te ha visto crecer. Observar un jardín nuevo dentro de ti, comprender que la raíz sigue siendo la misma.

Pamela me dijo que tenía que añadir Lo que somos ahora, de May Sarton. Lo primero que pensé fue en la tristeza, ya que su protagonista está en una residencia de ancianos. Debió de notar mi cara de dudas porque añadió: «Me hace pensar en mis papás. En cómo se les devuelve los cuidados que nos dieron». La pintora tiene a sus padres en Perú y este año no podrá verles en Navidad. Así que, creando esta obra, pensó en ellos. En el libro, la protagonista escribe un diario, así que también hace mella en los pequeños actos que se vuelven virtudes que salvan la vida de los invisibles. Esta obra sería para una sobremesa, en la que quienes cuidamos somos nosotros. O quizás esa que comparten ancianos en un lugar ajeno, con una vida entera cargada en sus espaldas sin apenas recordarla.

Todos querríamos ser La Carrá. Foto: Andrea Savall | Obra: Pamela Díaz

¿Qué sería de la vida sin sus propias contradicciones? Tratando de ser original podría haberme olvidado de los que se suman a la sopa de personas, que aman estas fechas. En este artículo no voy a poder escapar del cliché de las purpurinas, del cotillón o las burbujas. Que sí, que la Navidad es eso: atragantarte con burbujas. No hay nada más festivo que Raffaella Carrà. Por eso la última campanada la voy a dar con El arte de ser Raffaella Carrà, de Paolo Armelli. Es que no podía faltar en esta lista. Saborear hasta el último manjar, sumergirte en oleadas de cava, ponerte medias azul bebé, maquillarte en tonos plata, sacarle el dedo a tu tío, el de los comentarios sexistas, y prometerte que el año venidero serás más tú misma que nunca. O lo que es lo mismo: que solo compartirás sobremesas con quién te apetezca.

Sean como sean el final de los banquetes que vayas a vivir, déjate arrastrar por lo que te pidan las entrañas. No te juzgues ni preguntes cómo pueden caber en ti la del pijama mugriento y la del vestido de licra. Turrón o pavo relleno con setas trompetas de la muerte. La del vaso de leche con chocolate y galletas de jengibre, la que ha empezado a correr o la que no duerme en dos días borracha como en la adolescencia. La que comparte cama o duerme a pierna abierta sola. Sigue al rebaño o comienza un camino sola. Haz las dos cosas a la vez. No tenemos certezas, solo la de, de momento, estar vivas. El verano es casi tan odioso como las fechas del adviento. Solo se puede ser genuinamente feliz durante la primavera, pero siempre habrá un libro esperando a que puedas devorarlo y una sobremesa en la que puedas hablar sobre él.

 

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