Al contrario que este muñeco, ninguno de los triestrellados sufrió una sonora caída. Foto: Mikel Ponce

Corrillos, chascarrillos, dimes y diretes de la Gala Michelín

Anónimo – 27/11/25

Esta pieza tambén podría titularse circo, estrellas y champagne: crónica de una gala con resaca. Resaca porque deja un sabor de boca amargo. El martes, en Málaga, hubo poco riesgo y mucho show. Tras asistir a la gala solo tenemos una certeza: cuatro ruedas, pero nadie al volante

La noche en que Málaga se convirtió en el centro de gravedad gastronómico empezó con esa electricidad contenida que se respira cada año cuando la crème de la crème del sector se reúne para presenciar cómo cambia la trayectoria de muchos restaurantes del país. Ya desde el lunes, los mejores locales de la ciudad andaluza recibían a corrillos de cocineros y a equipos al completo de los invitados a la gala. Las reservas con nombres reconocidos se acumulaban, y las sobremesas se transformaban en un tránsito continuo entre mesas, conversaciones cruzadas y las inevitables porras que llevaban semanas circulando.

Que si la tercera será para Voro o Skina. ¿Tal vez Bardal? Que si a un rostro muy conocido le pueden quitar la tercera. Que si Paulo Airaudo es el nuevo Martín Berasategui y convierte en oro todo lo que toca. Que si cuántas nuevas estrellas caerán en la ciudad. Que si, por fin, se hará justicia otorgando la segunda a Albert Adrià. No se hablaba de otra cosa mientras las sobremesas de la comida enlazaban con las de la cena, y venga champagne.

Poco se habla de la liada de Jesús Vázquez como presentador. Foto: Michelin 

Para la ciudad anfitriona, la gala es una inversión clara: imagen, turismo de calidad y apoyo al talento local. Un negocio redondo para todos, también para la guía, que año tras año apuesta más por el espectáculo, lejos de la antigua sobriedad y hermetismo. Este año, la fantasía escénica se desplegó desde la recepción previa: decorado onírico, zancudos paseando entre cebras y flamencos sobre la alfombra roja, y un pianista que aportaba un aire de circo. A mitad de campaña de presentación, Michelin cambiaba de sede y anunciaba que, finalmente, la gala se celebraría en el espacio Sohrlin, fundado por Antonio Banderas y dedicado a las artes escénicas. Quizá una respuesta a la competencia de los 50 Best. Que cada cual saque sus conclusiones.

Al ambiente circense llegaron algunos todavía con la resaca del día anterior: unos de gala absoluta y otros vestidos como restándole solemnidad a la religión de la guía roja. Aun así, pasadas las 19 horas del martes, todos estaban listos para comenzar una ceremonia cada vez más inclinada al suspense y a los nervios. Tras los discursos de rigor de patrocinadores y autoridades, arrancó la entrega con las estrellas verdes… desvelando de paso que Bakea, el personalísimo proyecto de Alatz Bilbao, también tendría estrella roja. Buena metedura de pata. «¿Bakea ya tenía estrella?» No. Simplemente se les coló en pantalla que esa noche caían dos. Bravo por él.

«Los candidatos no premiados son la cara oscura del evento ¿De verdad es necesario invitarlos si no van a ser premiados?»

El reconocimiento al trabajo en sala llevó al escenario al gran Abel Valverde, galardonado con el premio Michelin al Servicio de Sala 2026, y a un emocionadísimo Luis Baselga, premiado como Mejor Sumiller por su labor en Smoked Room. Entre números circenses y las intervenciones de un Jesús Vázquez poco inspirado, se entregaron las 25 nuevas estrellas de la guía. Destacó la otorgada a Palodú, único restaurante malagueño premiado, que recibió un aplauso sostenido y lleno de cariño. Cristina y Diego subieron juntos a recoger el premio, contagiando euforia. Los candidatos no premiados —invitados igualmente a la gala— son la cara oscura del evento: detrás hay trabajo, inversión e ilusiones. ¿De verdad es necesario invitarlos si no van a ser premiados?

A esas pequeñas mezquindades habituales se suma haber entregado la segunda estrella a Enigma en última posición de los cinco nuevos biestrellados. ¿Se les desordenó el orden alfabético? Y como broche a una gala algo descafeinada por la ausencia de las altas autoridades de Michelin (Gwendal habló por vídeo, disculpándose por no poder asistir), no hubo nuevo tres estrellas. Ni siquiera se insinuó. Simplemente se nombró a todos los triestrellados del país y, mientras subían al escenario y se enfundaban la chaquetilla, todo el mundo murmuraba «lo dirán al final». No hubo final. Salió Bibendum y se clausuró la entrega con la sensación de que algo había quedado sin decir. Un corte repentino, coitus interruptus, una gala carente de desenlace.

Apenas se avistan dos mujeres entre tanto chef triestrellado. Foto: Michelin

Con las piernas dormidas y el culo plano tras dos horas largas, invitados, premiados y prensa pasaron a llenarse las manos con copas y platillos preparados por los cocineros de la zona. Se comió y se bebió bien. Y mucho. Ya más relajados, Albert Adrià seguía bromeando con que no esperaba en absoluto obtener la segunda estrella. Algunos restaurantes se marcharon del espacio Sohrlin Andalucía en cuanto acabó la gala, equipos al completo. Unos por despecho; otros, para celebrarlo en privado. Pero celebrar, se celebró: DJ, música en directo, más DJ. Hasta que decidieron cortar en seco a las 3 de la mañana, apagando la música de golpe y dejando a los premiados, con corbatas en la cabeza, expuestos bajo la luz repentina.

No fue un problema. El grupito dispuesto a apurar la noche hasta sus últimas consecuencias recibió el aviso de un supuesto bar privado, Las alegrías de Málaga, donde seguir la fiesta. Un local pequeño en una zona residencial, con apariencia clandestina y carteles de lotería nacional en la puerta de entrada. Nadie habría imaginado que en el interior estuviera el director comercial de Michelin España. Pero allí estaba, celebrando junto a cocineros, periodistas y otros personajes del gremio. Lo más divertido: un pequeño Bibendum iluminado sobre la entrada dejaba claro que nada allí era casual. La fiesta terminó de madrugada, entre copas pagadas en efectivo y coplas cantadas en el escenario por un inspirado Julen, chef y propietario de Islares y nueva estrella Michelin. Y si hubiera que apostar por algo después de esa noche, sería por el 52078, el número de lotería que vendían en aquel pseudo bar. Con tanto premio allí dentro, nadie podría descartar que tocara algo más.

 

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