La nueva tendencia en mis últimos meses son los mocktails. Foto: Tea Shop

Cócteles y embarazo: el shake definitivo

Almudena Ortuño – 30/07/26

Cuando aparecen las dos líneas, se esfuman ese par de tragos, y los fines de semana quedan yermos, estériles, deshidratados. Por suerte, hay placebos. Así es como terminé remojando las penas en la coctelería sin alcohol, y oye… se sale a flote

Hasta hace unos meses, yo era ese tipo de persona que bebe whisky sin titubear. Ardbeg, Talisker, Macallan, Tomatin, Laphroaig: la quintaesencia del scottish way of life. Tampoco me llevaba mal con los japoneses, como Hibiki o Yamazaki, y estaba dispuesta a darle una oportunidad a los americanos (a estas alturas de la geopolítica, nadie lo haría). Solían servirle el vaso a mi compañero de barra, eso sí, porque no soy el sujeto expreso de la primera frase del texto para un barman old school: él suele imaginarse un hombre. Así que conforme venían los Clover, los Cosmopolitan y los Elderflower, los intercambiaba elegantemente por los Old Fashioned, los Manhattan y los Boulevardier. Que nadie me malinterprete, por favor: hay momentos idóneos para un Margarita refrescante, y siempre a favor del White Lady, con el amargo del Cointreau bien marcado. Sin embargo, siento un placer singular al beber reposado, con aromas de madera y notas de tostado.

De vuelta al presente, mi vida ya no se cuenta en meses, sino semanas. A decir verdad, resulta más efervescente. Un día me enfrente a las dos líneas del positivo, y las realidad adquirió ese margen geométrico. Me voy acostumbrando a la nueva percepción del espacio tiempo, mientras asumo que el perímetro se seguirá modificando en los años venideros. Adapto mis comidas, duermo distinto y bebo cero unidades de alcohol. La bodega de casa es un activo creciente, que expande su margen de rentabilidad, por lo mucho que entra y lo poco que sale, además de lo que envejece. Me lamento lo justo, según convengan las hormonas, y busco el enfoque optimista, que seguro debe haberlo. A todo se acostumbra el hombre, y ni qué decir la mujer.

No todas, claro: mi propia madre me comentó que ella jamás respetó las restricciones alimentarias, «eran otros tiempos». Y otra voz del ámbito gastronómico fue brutalmente honesta: «Yo no renuncié al maridaje».

Macarena García dándole al alpiste en el noveno mes de embarazo. Foto: Movistar

Vamos con el shake. La correlación entre el embarazo y la bebida ha sido ampliamente tratada por científicos y literatos, que casi nunca comparten enfoque en nada, pero aquí se ponen de acuerdo en la incomodidad y la contraindicación. No obstante (y ahora viene el tabú), hay mujeres que no dejan de beber, pese a su condición. En la serie Se tiene que morir mucha gente, basada en el libro homónimo de Victoria Marín, el personaje de Elena no deja de empinar el codo durante todo el noveno mes. Frente al mandato social de la gestación perfecta, la naturalidad de pegarle un trago a la cerveza, y merecer arder en el infierno por ello. Las redes sociales censuraron a la periodista Begoña Gómez cuando escribió sobre Emily Oster, autora de Expecting Better, un libro donde se critican «ciertos estudios médicos sobre el embarazo, que se utilizan para infantilizar a la mujer», y se apuntan las pocas evidencias sobre el efecto nocivo del consumo MODERADO de alcohol. 

Yo no quiero que me pase lo mismo: yo le rezo a la OMS, y profeso el credo del 0.0%. No hay consumo seguro para los médicos, así que fin del debate. Pero esta encrucijada revela una tensión mucho más profunda: la maternidad también está atravesada por la contradicción humana. Pospongo el descorche de esa botella de Les Chazaux, que atesoramos desde enero -pospongo, que no renuncio-, pero admito que lo vivo como una cesión -otra de tantas en estos meses, empezando por el espacio para mis vísceras-. Asumo las ventajas de la sobriedad, tan defendida por la Generación Zeta, como salir entre semana sin riesgo de resaca, o sencillamente ahorrar en los bares. Pero soy demasiado millennial, y me gusta demasiado el Borgoña. Y volveré a beber en los restaurantes y los conciertos, aceptando esa estrecha relación entre mi vida social y la rendición etílica (no me engaño), si bien tengo nueva bandera: resulta (os lo prometo) que algunas experiencias se disfrutan por igual sin graduación.

¿Ah sí?

«¿Cómo cuáles?», dirás. Pues como la coctelería. «¿El templo del alcohol?». Que sí, que sí. La coctelería mola per se: por el interiorismo envolvente, por el contexto social, por la propia escenografía del bartender. A mí me flipa el cóctel antes de la cena. En verano, un Mulata al atardecer es lo más, pero un Daiquiri también alegra el body; hay protagonistas de sobremesa, como el Espresso Martini o el White Russian, en estos momentos, fuera de mi radar. Pero da igual: me divierten las cartas de bebida. Descubrir su formato físico, atender a su clasificación -siempre personal-, diferenciar los combinados clásicos de las recetas de autor (signature) y escuchar cualquier adaptación que propongan desde el otro lado de la barra. Hemos estado en L’Escamoteur (Kyoto) o Nayuta (Osaka), donde he disfrutado de la clandestinidad; pero también de rebeldía de Satan’s Whiskers (Londres) y la decadencia de La Floridita (Cuba). Cada coctelería ofrece una aventura distinta.

 

“Los mocktails (nombre cursi donde los haya) han dejado de ser simples juegos para alcanzar el mayor nivel de sofisticación»

 

Así que sigo visitándolas, y no sólo me divierto, sino que encuentro opciones. Decía Mario Villalón, al frente de Angelita (Madrid), que han pasado de vender un 3% de cócteles sin alcohol «a un 9% en algo más de un año». Borja Cortina, de Varsovia (Gijón, Oviedo, Valencia), elevaba el dato al 40% de incremento. La disciplina de la coctelería sin alcohol es imparable. «Los mocktails (nombre cursi donde los haya) han dejado de ser simples juegos para alcanzar el mismo nivel de sofisticación que los tragos tradicionales», opina Denys Cherkasov, ahora al frente de Bartender Spot. Al clásico San Francisco, con distintos zumos de fruta, o el icónico Shirley Temple, bautizado así por la actriz infantil de los años 30, se suman infinidad de reinterpretaciones, que van de los Virgin Mojitos al Nogroni de Ben Branson. Ya casi soy experta en el área, y sigo valorando dos aspectos fundamentales en estas copas, muy similares a las de sus hermanos mayores: que guarden equilibrio y que respeten los matices. 

Lo que pasa en el jardín de la Rodrigo se queda en el jardín. Foto: Cooktl by La Salita

Lo hacen muy bien en muchas partes (en otras no tanto, para qué mentir), pero voy con algunos refugios líquidos que estoy frecuentando en Valencia, la ciudad donde vivo. Por lo que sea, las compañías no me dejan volar, aunque no exista contraindicación médica, más allá de que las azafatas no saben asistir al parto.

Ya me estoy enredando…

      • Cooktl by La Salita (C/ de Pere III el Gran, 11). El jardín de Begoña Rodrigo y las recetas de Denise Coppola me están salvando el verano. Al igual que sucede en cocina, la barra juega con fermentados, encurtidos y producto local.
      • Varsovia (Av/ Cortes Valencianas, 52). Una de las barras más interesantes de la ciudad para quienes disfrutan tanto de un clásico como de un signature. Cuidan bien la carta 0.0%: el I Wanna Be Americano o el Fresquito Sin son tema serio.
      • Soul of 1927 en Hotel Centenari (Plaza Ayuntamiento, 25). En la estela de las coctelerías de hotel, este espacio combina la atmósfera elegante, el piano en directo y una carta tan concisa como certera, especialmente adecuada para el entrehoras en el centro.
      • Botanista (C/ Sant Tomàs, 21). Sigue siendo mi favorita. Apenas una barra, un par de recovecos junto a la cristalera y Gabriel Capo tras la barra. No suele tener una carta específica de mocktails, pero si se lo pides, te adapta muchas elaboraciones.

En definitiva, me empujaron -me empujé, no voy a negar mi intervencionismo- a un mar de secano, y no solo nadé, sino que de momento disfruto de la travesía hasta la otra orilla. En mi opinión, la adaptabilidad es uno de los talentos más importantes, y conviene entrenarlo. Un embarazo te enfrenta a un escenario completamente ignoto, ante el que algunas mujeres no tenemos referentes. Sin embargo, no estoy de acuerdo con Virgine Despentes (no en esto, en el resto sí) cuando habla de «la glorificación de la maternidad como herramienta de sumisión». Me parece de locos que yo esté fabricando pestañas, páncreas y ventrículos mientras trabajo, paseo o ambiciono descansar (ja); me hace sentir bastante empoderada. Y a su vez, agradezco haberme adentrado en el plácido territorio de la abstemia, que pone a prueba mis límites corporales y mentales, aunque sea de forma transitoria. Siento que somos increíbles, es increíble lo que podemos llegar a hacer.

Incluso beber albahaca con gaseosa y celebrar el brindis. De verdad, seres celestiales. 

 

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