Rosas, rosas, joyas vivas de infinito Foto: Habanero

Una rosa no es una rosa

Decía el poeta francés Charles Baudelaire que vivimos en un bosque de símbolos y, miremos adonde miremos, cada cosa se conecta con otras cosas en una telaraña de metáforas y alusiones que nunca se detiene

Los marineros que conquistaron América descubrieron el fruto ovalado y peludo de unas palmeras y, entre bromas, lo llamaron coco, pues les recordaba al monstruo folclórico que asusta a los niños. Más tarde, por su forma similar a la fruta coco, comenzamos a llamar así a la cabeza y después, por cercanía (metonimia), al cerebro: tener mucho coco… Las asociaciones nunca se detienen, sean chistes,  poemas o nuevas palabras.

En esta espiral de símbolos, las flores siempre han ocupado un lugar importante. El mismo Baudelaire las usaba como metáfora de la belleza. Es por ello que tituló a su libro de poemas Las flores del mal, pues él creía que era capaz de encontrar poesía en los lugares más insospechados: en medio de una borrachera de absenta, en una prostituta sifilítica o en el cadáver putrefacto de un perro muerto. Obviamente, había mucho de provocación en sus poemas pero, de alguna forma, Baudelaire fue uno de esos artistas que ampliaron el territorio de la sensibilidad encontrando flores raras más allá de los clásicos tópicos de las amapolas efímeras o las rosas del amor llenas de espinas.

La escritora Gertrude Stein (y más tarde Mecano) escribió que una rosa es una rosa es una rosa en un gesto de rebeldía contra la historia de la literatura, porque la realidad es que las rosas, y las flores en general, están llenas de significados. Han sido una fuente de metáforas desde el comienzo de los tiempos. Los lirios, por ejemplo, constituyen el tópico más habitual para hablar de la palidez de la dama. La piel blanca ha sido durante siglos sinónimo de riqueza, de persona que no necesita trabajar en el campo, y por lo tanto mantiene su palidez. Al menos lo fue hasta que, a principios del siglo XX, las vacaciones en la costa y el esquí alpino pusieron de moda el moreno y comparar la piel con los lirios dejó de ser un piropo. Porque el canon de belleza siempre lo imponen los ricos, no nos equivoquemos. O más bien, los pobres que se creen que imitando a los ricos son un poco más ricos, aunque no lleguen a fin de mes. Esos pobres un poco patéticos, que han hecho de China y sus imitaciones baratas la gran nación que es hoy en día. 

«Porque el canon de belleza siempre lo imponen los ricos, no nos equivoquemos. O más bien, los pobres que se creen que imitando a los ricos son un poco más ricos, aunque no lleguen a fin de mes»

Las metáforas florales más recurrentes son las que se refieren al paso del tiempo y a la sexualidad. La rosa, la azucena o la amapola en Garcilaso, Lope de Vega, Quevedo o Góngora nos hablan de la fugacidad de la vida. Son bellas, pero florecen durante muy poco tiempo. De hecho, esta idea es tan habitual en poesía que hay un tópico latino llamado Collige, virgo, rosas, que significa literalmente Recoge, muchacha, las rosas… antes de que se marchiten. O sea, aprovecha el momento porque el tiempo pasa muy rápido. Aunque la idea flores-fugacidad está en todas las culturas. En Japón, por citar una cultura muy ajena a la nuestra, no hablan de la rosa, sino de la flor del cerezo (sakura) pero en esencia es lo mismo.

Por último, no debemos olvidarnos de las connotaciones sexuales que tienen las flores. Si la frase llevar al huerto era hace unas décadas el eufemismo de un encuentro sexual, la poesía popular española está llena de florestas, jardines, vergeles o rosaledas, que simbolizan exactamente lo mismo: un lugar apartado y lleno de vegetación donde los amantes mantienen relaciones. Un encuentro en estos lugares lo lleva implícito.

El alma de la rosa, obra de John William Waterhouse

Pero no se queda ahí la metáfora. Las flores son el órgano reproductor de las plantas y su belleza es el reclamo para seducir a los insectos. De hecho, se abren para recibirlos, lo que ha creado muchas asociaciones con la mujer y, más concretamente, con su sexo. Si recordamos la letra de la canción Tu calorro, de Estopa, veremos como estas asociaciones sexuales siguen en el inconsciente colectivo: Vi que te habías dormido / vi que crecían amapolas / en lo alto de tu pecho. Aquí la amapola es una metáfora del pezón que se eriza por frío o excitación.

Si el sexo femenino es una flor, entregar la flor, como dice la expresión popular, es perder la virginidad, aunque hoy día sea utilizado casi siempre de forma irónica. El mundo gitano usa, para hablar de la virginidad, la metáfora de las tres rosas. La asociación de las rosas con la sangre es recurrente en los poemas de Federico García Lorca. En su Romance sonámbulo, se refiere a las heridas infringidas por los disparos de la Guardia Civil como Trescientas rosas morenas / lleva tu pechera blanca. De la misma forma, la cultura gitana habla de las tres rosas para referirse a las manchas de sangre que aparecen en la prueba del pañuelo, un ritual que consiste en introducir un pañuelo blanco en la vagina de la novia para comprobar su virginidad. 

Porque, contradiciendo a Gertrude Stein (y a Mecano), una rosa no es una rosa no es una rosa. La rosa es casi de todo. Tiene tantas connotaciones e ideas asociadas que es difícil verla como solamente una flor. Lo resume muy bien Jorge Luis Borges en su poema justamente llamado así.

La rosa,

la inmarcesible rosa que no canto,

la que es peso y fragancia,

la del negro jardín en la alta noche,

la de cualquier jardín y cualquier tarde,

la rosa que resurge de la tenue

ceniza por el arte de la alquimia,

la rosa de los persas y de Ariosto,

la que siempre está sola,

la que siempre es la rosa de las rosas,

la joven flor platónica,

la ardiente y ciega rosa que no canto,

la rosa inalcanzable.

Más artículos