Larga vida a los cócteles de La Oficina, en Valencia. Foto: Mikel Ponce

El cubata ha muerto: larga vida al cóctel

El ocio también evoluciona. Donde antes había cubatas, discotecas y noches interminables, ahora hay tardeos, sobremesas que se alargan y cartas de cócteles cada vez más creativas. Los Z no hemos dejado de salir, simplemente hemos modificado las reglas del juego

Hubo un tiempo en el que salir significaba esperar a la noche, pedir un cubata y acabar en una discoteca. Hoy el plan empieza mucho antes. El tardeo se ha consolidado como una nueva forma de socializar y la coctelería se ha convertido en uno de sus grandes símbolos. Si en algo somos expertos los Z, es en poner temas encima de la mesa, y el cambio en nuestra forma de beber es uno de ellos. Ya no se trata sólo de lo que bebemos, sino de cuándo, cómo y, sobre todo, por qué lo hacemos. Nosotros hemos liderado este cambio, pero no lo hemos hecho solos. Para hacerlo, nos hemos apoyado en un aliado de lo más sofisticado: la coctelería. Y, no lo digo yo, lo dice un informe de NielsenIQ (compañía internacional de investigación de mercados), publicado en abril de 2026. Pero, más allá de los estudios, he querido saber qué ocurre al otro lado de la barra y para ello, he hablado con algunos de los cocteleros más reconocidos del panorama madrileño. 

Frank Lola, cofundador y director de Lovo Bar, un proyecto que él mismo define como «coctelería emocional», asegura que la escena ha cambiado, entre otras cosas, porque la gente quiere «que haya un trabajo detrás, una historia, una técnica y una puesta en escena». El bartender resume el cambio con una frase que probablemente explique mejor que cualquier estudio lo que está ocurriendo: «Ya no vale cualquier copa».

 

Tiny cocktails de Momus Bar. Foto: HBNR

No basta con que una bebida esté buena, también queremos que tenga algo que contar. Esta idea ha relegado a un segundo plano el cubata tradicional y, con él, la idea de que salir significa acabar de madrugada en una discoteca. No quiere decir que los Z ya no salgamos, pero hemos cambiado la forma de hacerlo.

 

Salir, sí, pero de otra manera

Alargamos las tardes y acortamos las noches, porque somos la generación que quiere llegar a todo: trabajar, entrenar, viajar, quedar con amigos, descansar… En el ámbito laboral se habla mucho de «perfiles 360º «(personas capaces de compaginar múltiples facetas.) Pero, ¿en qué se traduce eso si hablamos de ocio? Aquí ocurre algo parecido. El ocio ya no ocupa un espacio aislado, sino que convive con el resto de facetas de nuestra vida. Por eso, buscamos planes que nos permitan conciliar sin tener que renunciar a nada. Esa es una de las claves del auge del tardeo y del crecimiento de propuestas como los mocktails –la versión sin alcohol del cóctel–, cada vez más presentes en las cartas de bares de autor y locales de moda.

¿Trabajas al día siguiente? ¿Tienes un entrenamiento a primera hora? ¿O simplemente te apetece disfrutar del plan sin que te pase factura? En cualquiera de estos casos –y de muchos otros–, la idea es la misma: reunirse, celebrar y salir de la rutina sin que eso implique trasnochar ni consumir alcohol en exceso. Esto es lo que The Future Laboratory ha bautizado como Afternoon Society y lo que Carrie Bradshaw ya descubrió hace muchos años. Ella todavía no le había puesto nombre, pero ya sabía que un buen Cosmopolitan podía ser mucho más que una copa.

“Un buen cóctel también habla del lugar, del momento y de la versión de nosotros mismos que queremos sacar a pasear»

Sin embargo, los motivos pueden ser tan variopintos como el de mi amiga Paula, a la que bautizaré como la reina de los cócteles, y a la que acudo para aclarar algunas dudas sobre destilados. Le pregunto cuándo elige pedir un cóctel y su respuesta es tajante: «Siempre que hay. Lo elijo por encima de una cerveza o un cubata». Después me hace una confesión que no esperaba: «También me lo pido cuando necesito sentirme guapa». Y tiene sentido. Quizá el cóctel nunca fue solo un cóctel. Igual que nadie descorcha una botella de champán por sed, un buen cóctel también habla del lugar, del momento y de la versión de nosotros mismos que queremos sacar a pasear.

Cóctel ‘Eter’, en Fenómeno. Foto: HBNR

Roberto Écija, jefe de barra de Fenómeno –el bar hi-fi del barrio madrileño de Salamanca– lo resume de otra manera: «Más que un auge del cóctel por el propio cóctel, lo que vemos es un cambio en la forma de entender la experiencia. El cliente ya no viene simplemente a beber, sino a disfrutar de un momento concreto, y el cóctel forma parte de ese plan». Reconoce que cada vez reciben a más clientes que no renuncian ni a salir ni a cuidarse. Dos conceptos que hace unos años parecían incompatibles y que hoy conviven con bastante naturalidad. Y añade que el trato personalizado «es casi tan importante como la propia bebida». Es decir, si antes nos hacía ilusión que el camarero del bar de siempre supiera nuestro nombre, ahora casi esperamos que adivine qué nos apetece pedir antes incluso de abrir la carta. Yo, al menos, soy un público fácil: basta una buena recomendación y una copa bonita para convencerme.

 

El cóctel como expresión de personalidad

Las fiestas de los pueblos siguen existiendo, por suerte. Pero ya no son el único imaginario posible del ocio juvenil. Podríamos decir que estas fiestas, con sus correspondientes 18 cubatas y resacas de tres días, han dado paso a otros espacios en los que la pose, la actitud y el aura están por delante.

Preguntamos a Adrián Orgaz, director de RBS Aragón (una escuela especializada en formación de bartenders), si percibe estos cambios detrás de la barra. ¿Su respuesta? Un rotundo sí. Lo percibe «sobre todo entre la gente joven», que, afirma, se piden «más mezclas con zumos, energéticas, sabores afrutados o chupitos dulces». Alberto Fernández, cofundador de Momus Bar –distinguido en rankings internacionales como 50 Best Discovery, comparte ese diagnóstico y asegura que el cliente llega con otra actitud. «Buscan sabores y experiencias nuevas», dice. Atrás quedaron los años en los que media carta se resumía en pedir el mismo pisco sour de fruta de la pasión de siempre. Detrás de este cambio también hay una mayor preocupación por el bienestar y el auge del mundo fitness. Orgaz habla de una tendencia «que convive con el crecimiento de la coctelería, los refrescos zero y las bebidas sin alcohol».

A mí me gusta pensar que vivimos instalados en una dualidad constante: queremos exprimir el fin de semana, pero también levantarnos bien el domingo. Vivir experiencias intensas y, al mismo tiempo, cuidar de nosotros mismos. Es más, lo comprobé hace unas semanas, durante una cita. Mientras yo pedía un cubata de toda la vida, él eligió un cóctel. Cuando le pregunté por qué, pensé que me hablaría del sabor o de las ganas de probar algo distinto. Su respuesta fue otra: «Estoy a dieta y entrenando más que nunca. Me siento mejor cuando bebo esto».

 

Aquí la ‘Clorofila’ de Fenómeno. Foto: HBNR

Frank Lola tiene una palabra para definir ese fenómeno: viejoven. Una generación que llena festivales, terrazas y conciertos, pero que también habla de calorías, entrena entre semana y quiere llegar funcional al día siguiente. Yo, personalmente, tampoco me he pasado por completo al bando de la coctelería. Sigo pidiendo bebidas tradicionales, pero cada vez me importa más qué estoy bebiendo. Todos sobrevivimos a aquella época universitaria en la que cualquier botella de marca blanca parecía una decisión razonable (no quiero mirar a ninguna botella de Recompensa del Mercadona). Definitivamente, esa etapa ha quedado atrás.

Porque, aunque la Generación Z esté cambiando la conversación y marcando muchas de las tendencias del sector, todavía no es quien sostiene económicamente las coctelerías. Frank Lola insiste en que buena parte de sus clientes son perfiles foodies o personas de mediana edad que buscan una experiencia gastronómica completa y están dispuestas a pagar por ella. «Los jóvenes influyen muchísimo en cómo evoluciona el sector, pero aún no son su principal motor económico», explica. Por el momento, nos toca disfrutarlas despacio. Sorbito a sorbito.

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