Exterior-interior, all in one, de La Cazalla. Foto: Ana Cortés Murla
GASTRONOMÍA – PUENTE AÉREO BCN
El bar más diminuto de Barcelona
Rosa Molinero – 11/12/25
Este es un relato de un caso muy particular de bar antiguo que ha llegado hasta nuestros días, y lo que dice de nosotros como habitantes de Barcelona
Yo nací cuando Barcelona ya había cambiado. Acabando la primavera de 1992, la ciudad había sido transformada en algo distinto y más moderno para acoger las Olimpiadas. Y yo ya no vi nada de todo lo que había sido hasta la fecha. En los 90, no tenía autonomía para ir de bares, así que no fue hasta poco antes de la primera década del 2000 cuando empecé a pintar mi propio retrato de la ciudad, a pasearla y a explorar desde fuera y desde dentro su sinfín de oferta hostelera. Por aquel entonces habían desaparecido las capas y capas de historia que le daban a Barcelona una pátina con la que mis retinas se impregnan fácilmente al mirar las fotos de cómo era antes, irritándome los ojos con la nostalgia rara de algo que no he vivido.
Mi Barcelona es la Barcelona que recuerdo, la que he vivido en los últimos 18 años, una mayoría de edad en la que empiezo a comprender algunas de sus dinámicas sociales y gastronómicas. Y también lo que sé de ella. En estas circunstancias, hoy quiero con más fuerza que nunca a esos sitios que han estado aquí antes que yo, porque sé que todos ellos explican cosas de la ciudad que fue y que es, y eso, al fin y al cabo, habla también de quiénes son los que se han movido en ella y la han hecho como es, y de los que seguimos moviéndonos, moviéndola y haciéndola.
Por suerte, Barcelona es rica en historia y, a pesar de los cambios drásticos que ha vivido en estos últimos 33 años, quedan lugares como La Cazalla, que presenta un caso muy particular de bar antiguo que ha llegado hasta nuestros días. No se puede decir que lo haya hecho de forma intacta, pero ya es mucho que hoy esté aquí con nosotros, puesto que se ubica en un territorio comanche, en la calle Arc del Teatre, que en su desembocadura hacia Las Ramblas parece un callejón, y que locales y foráneos conocen bien por encontrarse allí la sala Moog, que se declara como la primera discoteca tecno de la ciudad, abierta en 1996 y asentada sobre el antiguo tablao flamenco Villa Rosa, y por la que hizo sonar sus campanas Jeff Mills, entre otros fenómenos del beat revolucionado.
La barra, con espacio para tres taburetes, aunque tiene siete. Foto: Ramiro Pradas
Pero justo antes, en el vértice con La Rambla, está La Cazalla. Lleva aquí desde 1912 y ha visto cómo en este tramo de la emblemática calle, que se conoce como Rambla de Santa Mònica por su cercanía con la iglesia del mismo nombre, se han vendido primero pollos y conejos vivos y sexo y, luego, retratos, sombreros mexicanos, souvenirs de plástico y jarras de sangría a 35 euros. La calle de La Cazalla, llamada así por el aledaño Teatro Principal, empieza estrecha y, como su nombre indica, su umbral es un arco luminoso a un lado y al otro oscuro como el deseo del que camina calle arriba en las horas pequeñas en busca de la satisfacción del cuerpo y del espíritu.
La Cazalla es un bar diminuto que consiste en una barra incrustada en el muro que da a la calle y que tiene espacio para tres taburetes, pero la realidad es que tiene siete, dispuestos un poco más allá, en la otra puerta de este bar en el que nadie nunca ha puesto un pie, porque no se puede. Lo que sí se puede hacer es tomar la bebida que lo bautiza, y que hermana Barcelona con Valencia, donde el trago es popular, y con Sevilla, de donde es originario. Aguardiente de anís de como mínimo 35º de alcohol, la cazalla en La Cazalla no se sirve con agua, en formato paloma, como en Valencia, sino con una mosca, metáfora de esa uva pasa que flota en el vaso de color dorado. La bebida, con bien de azúcar y de alcohol, y con un precio bajo, era la preferida por los estibadores del puerto y otros trabajadores que arrancaban la jornada por la zona, cuando todavía no se atisbaba un rayo de sol, y recurrían a la cazalla para que les diera calor en las mañanas frías y, también, algo de coraje líquido.
Con frecuencia se mezclaba la cazalla con moscatel en un combo clásico llamado barreja, también típico en la Comunidad Valenciana, o con coñac, en el Sol y Sombra, pero hoy el cóctel preferido de La Cazalla ya no tiene una base de anisado. La oferta actual incluye en sus pizarras la sangría y el mojito por litros, el vermut, los cubatas, el gintonic, el limoncello y, también, el vasito de cazalla, a 2,50€. A ese menú de bebidas se ha añadido la posibilidad de picotear alguna conserva, como berberechos, mejillones en escabeche, chipirones en aceite de oliva, zamburiñas en salsa gallega, sardinas en aceite, pulpo en aceite y unas patatas chips y aceitunas para acompañar.
Una mosca en sendos vasos. Foto: David Brčić
Los años han ido pasando como La Cazalla de mano en mano, de las de Pepe Belaña a las de José Ángel de la Villa, a las de Alexandra Rodríguez y Raúl Carrilero, actuales propietarios, y la oferta y los precios y el concepto de todo el local ha ido cambiando. Porque lo que era prácticamente un servicio público, primero para los trabajadores, y más tarde para las gárgolas de la noche, ha pasado a convertirse en otro reclamo turístico más de esta parte de Barcelona, abierto de 14.30 a 23 horas, el horario de los turistas que buscan algo para hacer después de la protocolaria visita a La Boqueria.
La Cazalla tiene hoy buena parte de esas características que hacen que los locales nos hayamos olvidado de poner un pie en ese arco oscuro que huele a orín las más de las veces, aroma que altera sobremanera la relación calidad-precio de cualquier espacio, cosa que no nos solía importar cuando la cartelería no estaba en inglés y el coste de la caña era inferior a 3,50 euros. Ni cuando todavía se gestaba un rico ecosistema nutrido por la fiesta, la noche y la ebriedad, y la particular disposición de este diminuto bar, una ventana en un grueso muro antiguo, un espejismo, el andén 9 y ¾, para los que buscan un trago más, conocer a alguien más, tener una experiencia más, adentrarse con un brindis en la realidad de un barrio que ha sido morada de singulares animales mitológicos.
A pesar de todos estos cambios, resiste la persiana pintada por Xumet Negre y los pósters de tauromaquia, que conviven ahora con un palimpsesto de pegatinas y luces de colores. Y pienso que aunque La Cazalla ya no sea la misma, aunque haya tomado una forma que ya no me apetece tanto, me alegro de que todavía exista. Su supervivencia asegura otra tipología de bar, una rareza en esta ciudad, y también deja abierta la posibilidad de que un día vuelva a cambiar, quizás, para mejor.
El pony café. Foto: Señor Perro
Cómo la evocan los demás
- Jota, propietario del bar Pony (Portal Nou, 23)
«La Cazalla me da una sensación que me gusta: la de estar, uno mismo, suspendido en el tiempo. El hecho de parar un momento en estas barras de la calle tiene algo de liminal, algo muy distinto de cuando entras a un bar o te sientas en una terraza. Quizás porque, por lo general, en esos sitios echas una caña de paso, sin alargarte. Es una sensación de paréntesis, de suspenderte y relajarte mientras todo lo demás sigue y justo antes de volver a incorporarte. Un poco tiovivo, ¿sabes? Hace tiempo que no me paso ,pero sé que a pesar de los cambios, sigue teniendo algo de vestigio de la Barcelona anterior al turbocapitalismo. Mucho anterior, como pasaba en su día con el Cosmos, que estaba justo delante. Me agrada que siga ahí y, mira, quizá de ahora en adelante, eche alguna otra caña».
Exterior de la Bodega Carol. Foto: Bodega Carol
- Alberto García Moyano, abogado y copropietario de la Bodega Carol (Aragó, 558)
«Recuerdo ir a La Cazalla de chaval, entre los 25 y los 30, y de alguna vez tras salir de El Pollo Rico. Lo asimilo bastante a Mendizábal: el bar era la calle. Estaba guay consumir ahí en directo. La sensación de beber en la calle es un qué. Me recuerda muchísimo a cuando estaba en Grecia, en Tesalónica especialmente, se bebía mucho en los periptera, los kioskos. La Cazalla me hace sentirme en la calle y bien en la ciudad, sin esconderme para hacer una actividad lúdica y social como es beber. Me parece una heroicidad tener un sitio así. Normalmente tomaba cazalla porque le tengo una querencia especial a los anisados y porque allí donde fueres, haz lo que vieres, y allí lo tenían de emblema. Este local siempre me ha parecido el bajo Raval de verdad. Ahora, al margen de lo que pueda haber cambiado, no deja de ser una heroicidad tenerlo. Un despacho de bebida directo de cara a la calle, una Barcelona que echamos de menos, donde poder mostrar y tener la vida social en la calle y compartirla sin ser invasivos, porque no ponen música ni nada, y los clientes son tal y como los de cualquier otro lado. La Cazalla es necesaria, en tanto sostiene al barrio y le da carácter al Raval que puede estar perdiendo».