En la ficción todo es mucho más easy. Foto: Michele K. Short/Netflix

Ligar sin algoritmos (ni ghosting): la nueva esperanza milenial

Sandra Bódalo – 12/02/26

De la fatiga de las apps al regreso del cara a cara: por qué las citas offline han vuelto para salvarnos del burnout romántico.

La periodista Dolly Alderton, referente en temas de citas y feminismo en cabeceras como The Sunday Times o The Telegraph, lo deja claro ya en la primera página de su libro Todo lo que sé sobre el amor: cuando era adolescente, «el amor romántico era lo más importante y emocionante del mundo entero». Sin embargo, al llegar a la treintena, el idealismo juvenil fue perdiendo su magia y con los años (y alguna decepción que otra), llegó a la la contundente conclusión de que es «casi imposible encontrar pareja en el mundo real» y, lo más importante, que aceptarlo resulta crucial «para darte cuenta de que no eres inaccesible ni indeseable y de que no estás haciendo nada mal». 

Empezamos mal a menos de 48 horas para San Valentín, ¿verdad? Lamentablemente, como buena consumidora de autoras sarcásticas, inteligentes y ligeramente escépticas, mi opinión no dista demasiado de la de Dolly. Tal vez por eso mis amigas decidieron hacerme una intervención y recomendarme que dejara a un lado los ensayos feministas para abrazar sin complejos el romantasy —o, como lo llamamos nosotras, «porno de dragones»—. Pero, claro… ¿cómo no caer en el pesimismo? Vivimos en un mundo en el que podemos repasar el catálogo de solteros y solteras sin levantarnos de la taza del váter, y eso, queramos o no, le resta bastante épica al romanticismo. Tinder, Bumble, Hinge… las hemos tenido todas, pero aun así, seguimos sin encontrar la ansiada chispa.

No me malinterpretéis: hay historias que funcionan. Yo misma he ido a bodas nacidas de un swipe a la derecha y he celebrado la llegada de bebés fruto de un match bien lanzado. Pero, como apunta Marita Alonso en su libro La Venus del smartphone, las dating apps han convertido «el acto de ligar en algo bastante similar a devorar unas patatas fritas y una hamburguesa con queso». Rápido, impulsivo y no siempre satisfactorio. Quizás por eso, poco a poco, hemos ido ajustando expectativas.

‘Gente que conocemos en vacaciones’. Michele K. Short/Netflix

«Hay historias que funcionan. Yo mismo a he ido a bodas nacidas de un swipe a la derecha»

Porque está claro que no todas vamos a tener ese meet cute de película, ni vamos a bailar con nuestra alma gemela al son de Forever Your Girl, como en Gente que conocemos en vacaciones (Netflix) —mi última obsesión junto a Más que rivales (Heated Rivalry)—, ni va a aparecer un Julián cualquiera por las calles de Madrid para cantarte eso de… «¿Dónde vas con mantón de Manila? ¿Dónde vas con vestido chinés?». Dicho esto, no me importaría marcarme un Concha Velasco y contestar: «A lucirme y a ver la verbena, y a meterme en la cama después». Y ahora dirás: «Venga, Sandra, por favor… ¡Es San Valentín! ¡Danos un resquicio de esperanza!».

Pues bien, cuando ya lo dábamos todo por perdido, llegaron las celebrities para recordarnos que todavía hay historias de amor dignas de una comedia romántica. Un romance offline, nacido de la casualidad, como descubrir a Dua Lipa y Callum Turner leyendo el mismo libro —Fortuna, de Hernán Díaz— en una terraza londinense, o a Travis Kelce confesando que se quedó con ganas de entregarle a Taylor Swift una pulsera de la amistad con su número de teléfono. Claro que, siendo ricos, famosos y guapos, todo resulta más fácil…

Salvoconductos para los NO millonarios

Señales claras de que incluso las estrellas sufren esa fatiga digital. Ese deslizar el dedo a la izquierda o a la derecha como si estuvieras decidiendo si hoy te apetece pizza o sushi. Tal vez por eso, cada vez más gente —sobre todo quienes han superado la barrera de los 30 y ya no se cruzan con «carne fresca» en los pasillos de la universidad o en la cola del kebab postdiscoteca— están empezando a buscar nuevas formas de conocer personas. Como, por ejemplo, Mariëtte. Con 39 años y originaria del Caribe Neerlandés, se enamoró de València hace cinco años y decidió quedarse. Aunque siempre ha estado soltera, tiene ganas de algo más, pero confiesa que las citas le resultan «extremadamente difíciles y casi imposibles». Ella es más del cara a cara que de preliminares virtuales. Y en este nuevo mapa sentimental, empiezan a cobrar protagonismo propuestas como el speed dating de Guiris de Mierda en Madrid, Cites ràpides en Barcelona o Pitch-A-Friend en València para dar a los millennials un bote salvavidas. 

Cuatro claves para encontrar el DATING SPOT perfecto, según  @andreagandromara

  • La iluminación es esencial. No  queremos que un halógeno de luz blanca nos saque todos los brillos de la cara. «Un rincón con luz tenue» siempre tendrá todos los ingredientes para que gane el misterio. 

  • El tamaño (aquí) sí que importa. «Un bar o restaurante que sea mediano», sin mucha gente, para mantener esa intimidad que siempre se busca en una primera cita. 

  • Comer sin perder la dignidad: Obviamente, si la cita incluye cena, «la comida tiene que estar buena», pero también es importante «que se pueda comer sin que te de vergüenza, que sea muy messy» o que implique demasiadas servilletas. Las hamburguesas, para la segunda cita.

  • Un staff cómplice. Que el personal del sitio sea majo (casi tu partner in crime) ayuda. Vaya que si ayuda.

Pamela Muñoz trabaja en comunicación corporativa para empresas tecnológicas y marcas internacionales, pero en la terreta también ha decidido ejercer de Cupido trayendo a España el concepto internacional de Pitch-A-Friend. La dinámica es sencilla: en cada encuentro y con un PowerPoint como principal herramienta, «los amigos suben al escenario para presentar a sus increíbles amigos solteros al público», explica. Porque, ¿quién mejor que tu amigo del alma para convencer a la audiencia de que eres un buen partido? ¿Y tu amiga de la infancia? ¿Venderá tus peores secretos al mejor postor o te presentará como una green flag andante? «Después de las presentaciones y durante los descansos, pasamos al tiempo de socialización, un espacio relajado donde todos pueden conversar y conectar con los solteros», explica, identificados con una pegatina que nos devuelve, inevitablemente, a aquellas míticas fiestas del semáforo.

En Barcelona, las ganas de volver a conectar en persona, mirándose a los ojos y no a una pantalla, también han llegado con fuerza. Los hermanos Pau Bartolí y Ricard Bartolí son los cofundadores de Cites ràpides, el fenómeno viral que ha convertido las citas exprés en un plan social para cualquier día de la semana. La idea surgió durante una cena con amigos, cuando comentaban «lo difícil que era socializar después de la pandemia. Nos preguntamos, ¿cómo se conoce ahora la gente?. Seguro que es la conversación que se repite en centenares de grupos de WhatsApp. Y decidimos probar». Sus encuentros se organizan por franjas de edad, pero lo más importante, explica Pau, «es que hemos conseguido crear comunidad. Un perfil de gente inquieta, culta, divertida, que quiere ampliar círculos de amistad y también pasarlo bien».

Imagina tener diez citas de siete minutos, y no morir en el intento. Foto: Cites ràpides

¿Y cómo funciona —es para una amiga…—? Diez citas de siete minutos, el tiempo justo para descubrir si sientes ese cosquilleo mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Al terminar, «puedes marcar en nuestra página web si alguien te ha llamado la atención y, si hay match, la plataforma te permite ver su número de teléfono y contactar». Aunque hay quienes no esperan a que el algoritmo haga su magia y se quedan al tercer temps, ese momento posterior en el que «ya han terminado las citas, hemos roto el hielo, todo el mundo está cómodo y, si te apetece, te puedes quedar a cenar: se hace una cena de grupo con la gente que ha asistido al encuentro, y así os podéis seguir conociendo».

Pero, ¿por qué en plena era de la inteligencia artificial, el 1 contra 1 se ha vuelto casi un bien de lujo? Volvemos a Mariëtte para encontrar la respuesta: «Curiosamente, todas las personas con las que hablo dicen lo mismo. Quieren conocer a alguien de forma natural, sin prisas, sin apps, simplemente en un evento, en el trabajo, en una tienda, en cualquier lugar. La gente anhela lo personal». Un challenge que personas como Andrea Gándara (@andreagandrom) han aceptado sin miedo. En poco tiempo, se ha convertido en la celestina favorita de la ciudad condal con Cenados, un formato que empareja a solteros y solteras —heteros y queer— en cenas a ciegas donde el objetivo no es solo comer bien, sino dejar que surja la chispa. La fórmula mezcla mundo físico y digital: expectativas, hype, seguimiento en redes y un público fiel que sigue cada emparejamiento como si se tratara de La isla de las tentaciones —pero con menos gritos en la playa y más vinos naturales—.

Evento en Veneno Concept, donde tus amigos son las celestinas. Foto: Pitch-A-Friend

«Cenados surge de dos necesidades: presentar los restaurantes de un modo diferente —la escena del foodie influencer en Instagram estaba demasiado masificada— y dar mi opinión sobre los locales de una manera más fresca y original. Pero también se unía el problema del dating: la gente está muy saturada, así que quise ofrecer una opción más analógica, quedar, verse, sin algoritmos de por medio. Así nace la figura de la celestina a la vieja usanza», nos cuenta Andrea.

Porque, al final, la saturación pasa factura. «Creo que la gente está agotadísima de las apps. Es como cuando a un niño le das demasiados juguetes en Navidad y acaba sin apreciar ninguno: tantas opciones hacen que no encuentres nada especial», opina Gándara. Con su experimento romántico, los participantes van completamente a ciegas, se entregan a su criterio y al contexto, dejando que el azar (y Andrea) haga su magia. Y, a pesar de que en sus doce ediciones no ha surgido ninguna pareja estable, admite que «¡sí que ha habido besos!». Y, visto el volumen de solicitudes —más de 1.200 en su bandeja de entrada—, queda claro que las ganas de volver a mirarse a los ojos, mientras luchas por la última gilda, sigue presente. Porque quizás el futuro del amor no esté en la próxima actualización de tu móvil, sino en una mesa compartida, una conversación sin filtros y una copa de vino que se alarga más de la cuenta.

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